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Los ingleses son un poco raros. Yo los aprecio; pasé uno de los mejores años de mi vida en Inglaterra, -claro que yo tenía entonces diecinueve años y con esa edad lo pasa uno bien en cualquier parte del mundo-.
Estos últimos años me he relacionado con bastantes de ellos, aquí en Mojácar donde el número de vecinos británicos supera ya al de españoles.
Algunos de ellos me votan, otros no, pero casi todos me conocen y no dudan en preguntarme sobre temas municipales, consultarme algún problema o darme su opinión sobre diferentes asuntos.
Incluso creo que algunos de ellos me consideran amigo.
Bueno, pues ahora, una parte de estos vecinos angloparlantes se ha molestado porque en mi último editorial llamé "absurdo" a mi perro Happy.
La gente que me conoce sabe que siempre he sido un enamorado de los animales y que tengo desde hace muchos años registro de criador.
Fui uno de los primeros españoles en tener shar-peis, que importé de Estados Unidos y Francia, y en mi casa han nacido decenas de camadas y siempre ha estado llena de cachorros juguetones y machos y hembras de concurso.
Recuerdo con mucho cariño algunos de ellos que han formado parte importante de mi vida: Kiwi, Tara, Fuji, Digthi...
Y algún día, cuando me jubile, escribiré un libro sobre ellos, pues tengo anotadas cantidad de anécdotas y de hechos insólitos que protagonizaron en esos años.
Cuando murió hace un año el último ejemplar que teníamos de esta preciosa raza yo me negué, en principio, a tener otro perro en casa que no fuera un shar-pei, con los que habíamos convivido mi familia y yo más de veinte años.
Pero las cosas ocurrieron de otro modo y a mi mujer le encantó un perro abandonado que tenían en una residencia canina de Salamanca, así que claudiqué y adoptamos a Happy, que parece ser, después de estudiarlo, que tiene una buena raza: es un sabueso normando (pequeño, canela y blanco y con las orejas muy grandes).
Pero claro yo reconozco que como añoro a mis antiguos perros chinos desde el primer día me ha parecido un intruso, de ahí llamarlo absurdo.
Sin embargo, y tal como escribí el mes pasado, le voy cogiendo cariño con el tiempo.
Pero no dejo de preguntarme por sus orígenes.
¿Lo abandonaría un cazador harto de que no le consiguiera ninguna presa? ¿Se le escaparía a su dueña un día que lo dejó atado a la puerta de un supermercado?
Lo que si que tengo claro es que viene de la calle: es mucho más listo que los que criábamos en casa.
Está preparado para la vida dura y sabe apreciar las comodidades que disfruta ahora.
Sin que le importe día ni hora se va a su cuna cuando tiene sueño y al plato de comida cuando nota el hambre y deambula por la casa curioseando cada rincón como para guardar en su memoria el lugar donde vive. Yo pienso que no quiere volver a perderse y toma todas las precauciones posibles. Y me hacen mucha gracia sus paseos por las habitaciones
Bueno que, como digo, ya ha conseguido ser parte de la familia.
Así que esta es la historia.
Y me quedo más tranquilo defendiéndome del sambenito que me habían colgado algunos amigos ingleses sobre mi falta de sensibilidad con los animales.
No sea que después del esfuerzo que estoy haciendo como concejal, del trabajo en campos tan variados como el turismo, la cultura, la hacienda, el urbanismo... de la atención que procuro prestar a cuantos me requieren, muchos de ellos ingleses, pierda los votos que tengo por haber llamado absurdo a mi perro.
Y es que, como digo, estos ingleses son un poco raros. |