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Actualizado: Miercoles 26 Julio 2006


El Indálico: Desde mi cocina

Espera tu turno

Hacemos cola una media impresionante de trescientos días a lo largo de nuestras vidas. Imagínense lo que se podría hacer con estos diez meses malgastados. Podría uno tomar una temporada sabática o dedicar este tiempo a una relación intensa amorosa. Ambas traen ventajas curativas para el cuerpo y la moral: yo preferería, sin dudarlo la segunda opción. La primera huele un poco a monasterio y a terápia de grupo donde chimpancés vestidos con ropa humana tocan un tam-tam en sus pechos mientras hablan de sus sueños relacionados con la vecina del 2B, la de los rulos en el pelo.
Por otro lado, un ligue de 300 días es un poco tedioso también. En nueve meses, se ha tiempo, y de sobra, para descubrir demasiadas cosas sobre tu enamorado. Supongo que se puede pensar en tres rollos de tres meses cada uno pero esto puede ser un poco complicado, sobre todo si tienes una pareja en casa. Una amiga mía solía regalar la misma marca de “aftersave” a su marido y a su amante para que nunca hubiera un olor extraño en la casa. El tercero tiene que ser comprensivo, pero no hay nada tan perfecto que no tenga sus días contados. Pronto se terminará la aventura y vendrá otro. He conocido interesantes casos cuando la cola era impresionante.
Hacer cola -y hablo en serio- ha llegado a ser rutina diaria. Nadie se queja de esta desagradble parálisis porque no hay más remedio. Está grabado en nuestra cultura y hemos aceptado esta necesidad absurda. Sospecho que somos demasiados aquí en el planeta y -como la gripe aviar ha sido un fracaso rotundo- parece que nos quedaremos todos un poco más de tiempo: haciendo cola.
Es curioso que el ordenador es el responsable de hacer la vida más lenta. Una operación así de fácil en el banco se complica con este invento. Canjear un talón necesita un tac tac tac de los botones, tica tica tica de los numeritos, un clac de el espacio de barra y un chata chata del tabulador. El ratón corre por la mesa, la impresora rehusa un papel y, finalmente, su majestad el ordenador “no está en línea” o, cuando todo falla, le viene un mal momento y necesita reiniciarse.
La cola, sospechosa de las palabrotas que le llegan a su cabeza, se rompe y se vuelve a formar delante de una segunda ventanilla. Justo cuando el empleado ve el reloj y concluye, con delicia, que es el tiempo de irse a tomar un café (y un pitillo). La serpiente se retuerce de nuevo hacia un tercer puesto de atención al cliente, sin darse cuenta de que este último es sólo para transacciones internacionales.
Hay un tipo rubio allí sacando papeles de una cartera de cuero. Este debe de tener cuenta por allá, en un paraiso fiscal. Las Caimanes por ejemplo... o Andorra. El ordenador ronronea con placer. El cliente rubio también. Probablemente se trata de muuucho dinero. Al ordenador, le gusta trabajar con cifras decentes...
La sufrida cola, la serpiente, vuelve a hacer eses. Sabe que no le van a atender aquí. Vuelve, con pasos laterales, a la primera ventanilla donde el equipo funciona de nuevo. Rris-rris... tac tac tac... Todo el mundo cuidadosamente vuelve a incorporarse en línea justo en su sitio. La gente, que no recuerda donde ha puestos sus gafas, que ha olvidado hechar comida a su perro y que ha dejado las luces del coche puestas, siempre sabe su posición en una cola. Nadie habla con su vecino. Es una zona de guerra.

Diga 33

La medicina pública tiene un protocolo doloroso para una visita médica o repetir una receta. La cola. Yo, bendita, con una voz profunda, siempre pregunto “¿quién es la última?” y me pongo pegada a su cuerpo, como si se tratara de una guardaespalda al lado de un político latinoamericano. Siempre hay una vieja mujer armada con un carro de supermercado lleno de bolsas que intenta abrir brecha como un tanque israelita. Hay que estar vigilante. A lo largo de los años, he tenido oportunidad de contemplar muchas espaldas cubiertas de granos, picaduras o quemaduras de sol, he respirado miles de litros de olor corporal y he, mentalmente, revestido de ropa a la persona anterior a mí: la penúltima. Cuando llegas por fin a la mesa, tus desventuras no han terminado. Te dan un tiquet con la fecha y un número... o peor aún... una hora.

Subida y bajada

Cuando llego a la sala de espera, siempre uso el mismo truco, a ver quien va delante de mi, y quien va detrás. A veces he logrado reorganizar un grupo de pacientes por completo. Claro está, no siempre funciona. Alguien habrá ido al café en frente para tomar un pelotazo cuando suena su turno. O volverá un poco de repente a la confusión de los que llegaron después pensando que pronto les tocarán entrar y que no le había visto nunca.
Hacer cola aquí es hacer guerra. No se toman prisioneros. Fue muy interesante un danés llamado Erlang que escribió un estudio sobre la ciencia de hacer cola en el año 1909. Es de suponer que no ha cambiado mucho, menos el uso indiscriminado de teléfonos móviles. Para algunos personas, esperar tu turno delante de la pescadería en tu supermercado es una cosa más desagradable que estar obligado a leer el estudio del antemencionado Erlang.
La cola mas impresionante que he conocido, y compartido, fue en Nueva York. Decidí subir a lo alto de uno de los ya desaparecidos World Trade Centre. Expliqué a unos amigos neoyorquinos que, aunque mi marido Chris pasaba años desciendo al fondo del mar sin preocuparse por lo alto, subir las escaleras de la cocina le daban un sudor de pánico. Las Torres Gemelas contaban, cada una, con ciento diez plantas (más un mirador, comunicado por una escalera, en el techo, si el tiempo lo permitía).
Inventamos un rollo. Que había una exhibición de pintura moderna en la primera.
-¿De quien?- preguntaba Chris, sospechoso.
-Picasso- le contesté.
-Pero detestas a Picasso- decía Chris, ya a punto de escapar a toda pastilla.
-No, no, quería decir Modigliani...
A las nueve de la mañana, sufriendo de una resaca garrafal, gracias a los Dry Martinis de la noche anterior, haciendo cola entre cordones de seguridad. La serpiente tenia cinco vueltas y llegaba a la calle. Lento. Nadie decía una palabra (menos yo, intentando explicar a Chris mi fascinación por Modigliani, del que no sabía nada). Por fin entramos en el ascensor. Estos artilugios llevaban cincuenta personas a la cima del edificio en menos de un minuto, los números de las plantas cambiando como un cronómetro suizo en las olimpiadas.
Nos encontramos allí por fin, con un pálido Chris rodeado ya por turistas simpáticos.
Desde la ciento décimo primera planta, la vista era pasmosa. La Estatua de la Libertad parecía como un pequeño juguete y los enormes cruceros en el puerto como patos de goma flotando en una bañera lejana. La semana antes, un volantinero francés cruzó entre las dos torres. En los días más calmos, las dos torres se ladeaban unos diez metros entre ellas.
-Estais todos locos- sentenció Chris.
La cola hacia abajo fue más animada.

Jocelyne, Julio 2006

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