Hace unos días, una señora se congratulaba delante de sus amigas de llevar cien euros en los pies.
Y yo, a pesar de mirar detenidamente su calzado no pude conseguir adivinar donde estaban los mencionados cien euros, pues sus zapatos no eran más que un vulgar par de sandalias negras con un lazo verde.
La estupidez de nuestra sociedad de consumo nos vuelve rehenes de ella misma.
Un ejemplo frecuente está en los automóviles: muchos se creen que han aumentado su prestigio social comprándose el último modelo de la casa Mercedes, BMW...
No se dan cuenta de que han caído nuevamente en la trampa del consumismo.
Visto de sde otra perspectiva un coche no es más que una chapa de metal sobre cuatro ruedas quen nos sirve para movernos por donde queremos.
¡Por cierto! Se acuerda usted de las afamadas y archireconocidas "Torres Gemelas" que valían tantos millones de dólares y eran admiradas por toda las personas de la tierra. sus restos fueron vendiddos por una miga de pan a la India: curioso que ésta como tantas otras glorias hayan acabado en un país tercermundista.
¿De verdad vale la pena quitarse horas de sueño, privarse de vacaciones, restringir horas de ocio y trabajar a destajo para poder comprarse un ciche último modelo o cualquier otro capricho promocionado por la sociedad consumista en la que vivimos?
Nunca me impresionó el poder adquisitivo de la gente; más bien he sentido, en el caso de muchas personas, pena por las privaciones y sacrificios con los que se autocastigan los prisioneros de esta cultura del despilfarro que priva en el mundo, alejándonos de los placeres sencillos del buen vivir.
Se ha demostrado que la sed de comprar es debida a una carencia afectiva; queremos aparentar ser ricos para compensar una cierta pobreza emocional.
El gran problema del consumo es que nos pasamos toda la vida pensando en qué tenemos, en qué nos ponemos, en qué lucimos delante de nuestro vecinos...olvidándonos de nosotros mismos.
¡El tener no es poder, porque hay que poder para tener!