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Mi caballo siempre lleva su silla puesta. Lo monté durante décadas. Infelizmente, igual que Don Quijote, he pasado mi vida cargando contra molinos sin conseguir gran cosa. La mayoría de mis lectores deben de opinar que yo soy tan ñoña como el héroe de Cervantes, pero, igual que él, insisto. Mi corcel y yo estamos exhaustos pero nos quedan aún algunas aventuras.
La comida ha sido siempre mi vida. Eso no quiere decir que coma mucho, sino que la comida ingerida por mí y mi familia, mis animales y mis amigos, tiene que ser de buena calidad, sabor y procedencia.
La responsabilidad de una buena mesa ha sido la especialidad de mi vida profesional y ahora que estoy jubilada, tengo mas tiempo para sentirme ofendida por la mala calidad de los productos básicos y la indiferencia de los compradores de hoy. Mejor que no empiece a hacer comentarios sobre la mala preparación gastronómica que, hoy en día, es la practica universal. No voy a decir nada sobre la mayoría de estas mujeres que siguen los programas de la tele dedicados a la cocina (donde el chef necesita un buen afeitado), bebiendo felizmente un vino chipriota de garrafón y preparando una lata de alubias en tomate por su compañero mientras contemplan al payaso en su pantalla y su plato exquisito. Poca gente conoce los productos y cómo prepararlos. La suegra de un amigo mío pone a hervir la col a la vez que pone la carne a asar. El resultado no sólo se siente sino que también se huele por toda la casa y no hay nada más incómodo que ésto y el estar en un coche cerrado con un ataque de gases generalizado.
La comida cruda merece mi respeto. La comida hace que nuestros cuerpos funcionen. El agua también es fundamental.
Tratamos generalmente a estos productos con oprobio y seguramente los maltratamos, e incluso los torturamos en una olla. Cualquier cocinero que hierve las legumbres debería de llevar una nota pegada en su frente “Cuidado, aquí va un mentecato”.
Es que los minerales tan saludables que contiene todo vegetal se pierden disueltos en el agua. Cuando escurres las legumbres por un colador, estás tirando toda su bondad por las cañerías. Al menos podrías escurrirlas en un cuenco y dejar el agua enfriar. Así los geranios de la terraza que tanta sed padecen, estarían muy contentos de recibir los minerales que no hemos tirado. Las legumbres son en su ochenta por cien agua. No hay que añadir más agua. Añade, si quieres, dos cucharadas de aceite de oliva o mantequilla sin sal. Cubre bien la cacerola y remueve de vez en cuando. Cocínalas a fuego lento. Siéntate a la mesa de tu cocina y tómate un vaso de vino mientras controlas la cacerola. No es el momento para perderte en uno de estos horribles melodramas sudamericanos. Sírvelas cuando las legumbres están aún crujientes y vierte el jugo de la cacerola en los platos. La sal es opcional. Mi médico me dio una idea bonita hace poco. “Jocelyne, puedes poner sal en la olla, pero no en la mesa. Ofrece un plato de hierbas frescas y picadas remojadas en zumo de limón. Cualquiera hierba. Contienen sales naturales”. Funciona. Ni nuestros invitados piden el salero.
Comida cuando la pido
Estamos acostumbrados a la comida barata y en abundancia en cualquier estación del año. Hace unos meses escribí sobre la situación crítica que están viviendo en Doñana porque la gente exige comer fresas en enero. Esta fruta, bajo plástico, es una nueva especialidad de las marismas gaditanas, pero a un coste terrible para la ecología de aquella zona.
Mientras que las amas de casa llenan sus carretillas con sucedáneos, basura, carne podrida y pescado inmaduros -estos últimos atrapados por pescadores con una idea muy imperfecta del futuro de los mares-, los precios de los productos ordinarios como la leche, el pan, la carne y productos frescos han subido desorbitadamente.
Todos reclamamos el derecho a tener las cosas baratas y abundantes. Los agricultores tradicionales desaparecieron en manadas hace unos años porque no pudieron alimentar a la nueva generación de consumidores que reclaman cosas fuera de temporada, y baratas a la vez. Sus terrenos fueron vendidos a promotores que construyeron más casas para más gente que buscaba más comida barata y sabrosa.

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La agricultura moderna, empleando tanta tecnología como técnicas de los últimos avances, consume mucha energía. Los precios cada vez más altos de combustible se cargan siempre al consumidor. Los gallineros en batería, donde las aves no tienen más espacio para moverse durante sus vidas miserables que este trozo de folio donde escribo estas líneas, usan mucha energía para entregar sus productos a los supermercados en tiempo record. Las granjas bovinas están en la misma situación y, cuando fuerzas a crecer los vegetales bajo túneles de plástico, puedes ver al contador de luz poniéndose loco.
Todo cuesta. Ya que estamos intentando erradicar la inmigración ilegal y los sin-papeles, y que poca gente nacional está dispuesta a trabajar en estas labores de mano, junto con un nuevo mercado de consumidores, sobre todo de Asia, la crisis está a punto de llegar y los precios de los productos básicos solo pueden subir. Los subsidios gubermentales a las comidas básicas desaparecerán y, un día, encontrarás que no habrá ni leche ni azúcar para tu taza de té. A lo mejor, ni siquiera habrá agua para hacer el té y tendré que masticar las hojas secas.
Con la escasez de agua, las patatas y zanahorias y cebollas y demás serán artículos de lujo.
Hay mucha gente para dar de comer en este planeta y la tendencia es creciente. Los indios y chinos, dos billones de ellos, están mejorando su calidad de vida y reclamarán mejoras en sus dietas. Los laboratorios que están creando legumbres genéticamente modificadas tendrán que ampliar sus producciones. Como, por ejemplo, la nueva “col romanesco” que, a pesar de ser llamativo, sabe a nada.
Para empeorar más el tema, el maíz ahora está utilizado no para comer, ni hacer aceite vegetal, ni dar a los animales para que coman ellos, sino para producir combustible: el “bio-fuel”.
Es difícil conducir tu coche cuando tienes hambre. Hasta para mi caballo no veo una solución.