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El Indálico: Desde mi cocina

Las Ferias no son baratas

La palabra “fair” quiere decir dos cosas en inglés: “justo” y “feria”, como si las ferias fueran justas en cuanto a precio, calidad y oferta. La “Feria de Galicia” que visité en Antequera, después de mucha bombo y platillo, publicidad en todas las paredes y marquesinas y en un coche con altavoces y luces de semáforo, hace una semana, no fue ninguna de las dos cosas.
Yo pensé al principio, por la intensidad de la promoción, que la ciudad había sido transportada en su totalidad por algún mago desde el norte de España. En mi vida, esto no suena tan raro ya que cosas extrañas me ocurren cada dos por tres.
Una vez desperté en el medio del Sahara con mi primer marido y un chofer dentro de un viejo Land Rover. Estaba instalada en el asiento trasero, incómoda y envuelta en varias mantas olorosas.
Entre el ruido del motor y la furia del viento que nos asolaba, logré lanzar una pregunta banal a los demás ocupantes del vehículo en el estilo de “dónde coño estaba”. Mi marido me explicó que estábamos en camino hacia algún asentamiento tuareg y que yo me había quedado dormida ya en el aeropuerto de Heathrow.
Algo que tuvo que ver con la ginebra.
Así que cuando estábamos bombardeados con la publicidad gallega, pensé que nos habíamos desplazado al lluvioso norte de España. Puedo creer cualquiera cosa antes del desayuno. Pero no había pasado nada. La Callejuela de la Botas de Plástico (como llamamos al pasaje peatonal que une el mercado con la calle Madre de Dios seguía en su sitio, sus tiendas intentando sin mucho éxito vender los peores, más incómodos, feos y caros zapatos de la provincia. Quizás habría llegado una generación nueva con pies distintos a los míos… jóvenes con seis o siete dedos, por ejemplo. A mi me gusta hacer preguntas sobre cosas que no conozco. Siempre hay que aprender cosas nuevas para hacer balance con las que vas olvidando. Hasta una feria gallega puede ampliar mis conocimientos.
-¿Vamos, no?
Así que, el domingo, último día de la feria, fuimos.
Las expectativas son peligrosas. Alicia descubrió esto en seguida cuando llegó al País de las Maravillas.
Como anticipo un mogollón de puestos, con amplia información sobre Galicia, a dónde ir, qué ver, dónde comer, qué hacer y cómo llegar. Quería degustar sus productos, sobre todo sus vinos, sus quesos y su pescado, y, con toda certeza, comprar unas cuantas maravillas. Quería conocer su artesanía y contemplar las fotografías de sus sitios más bonitos. Carteles, modelos de sus pesqueros, gente vestida econ trajes tradicionales, un poco de gaita (muy poco, muchas gracias) y tantas cosas más que podría aportar una autonomía tan distinta a Andalucía.
Así que… había una marquesina grande, sucia, y llena de sillas y mesas de plástico. Un ejército de cocineros igual de sucios estaba obviamente recalentando los platos de la noche anterior.
Unas desafortunadas langostas estaban en agonía colectiva en un tanque de agua sucia, y a su lado, un segundo tanque no contenía más que cigalas evidentemente ya gozando de su recompensa en la otra vida. Las chicas en la caja, estaban vestidas con el uniforme de las pasotas, vaqueros sin lavar y camisetas espeluznantes con textos de dudosa moralidad. Los cocineros deberían de haber sido pasados antes de su trabajo por una lavadora industrial, cuerpos y ropa juntos.

Al entrar bajo la carpa, un olor desagradable del gas usado para congelar pescado entró en mis narices. Es el mismo tipo de gas que se usa en las neveras domésticas. Deja una capa desagradable sobre el pescado y, si viene comprado de una pescadería, añade algo al peso del producto y, evidentemente, al precio cobrado por el vendedor. Una vez visité un barco pesquero y el olor era repulsivo; el olor bajo la carpa gallega era igual.
Alguien estaba intentando promocionar el pescado y el marisco de Galicia. No iba a tener éxito. Todo olía. Cualquier pescado o marisco se deteriora en el momento que pasa por la congelación (el agua del hielo carece de la sal que podría mantener el sabor genuino del producto). La textura y el sabor sufren. La feria estaba en su tercer (y última) día, y la posibilidad de productos frescos no existía. Los peces tienen enzimas que funcionan en las temperaturas de sus aguas marinas y un pez fresco tiene que ser comido enseguida, a no ser así, las enzimas lo hacen y el pez está literalmente comido por sí mismo.
Hemos pillado una carta (algo sucia) y revisado los precios. ¡Mama mía! Si yo hubiera tenido 65 euros para gastar en un plato de mariscos, me hubiera ido al mercado de pescado de mi pueblo y, por la misma cantidad, hubiera comprado bastante para abastecer a una familia durante una semana entera. Al volver a casa sin ni siquiera haber tomado un vaso de vino – por dos euros – encontramos a María la vecina barriendo la entrada de su casa.
-¿Qué, habéis ido a dar un paseíto? Ella tiene que saberlo todo.
-No. Hemos ido a la Feria de Galicia.
Se puso pálida. –Espero que no os hayais gastado nada de dinero allí. Los precios son absurdos. El pescado es todo congelado y yo, si quiero comer pescado voy al mercado donde venden pescado de Galicia de todas formas, pero mucho mas barato.
Vueltos a casa, hemos comido un sándwich de jamón…

Los Feriantes

Las ferias han reemplazados a los circos. En vez de leones hambrientos y tristes, los nuevos feriantes ambulantes venden todo tipo de cosas que no quiere nadie. Las ferias medievales que ahora están de moda venden o lo que se vende en las tiendas normales, o venden un tipo de ropa que es tan básica que lo pueden hacer las niñas del colegio de al lado.
La canción americana dice:
“Gitanos, pordioseros y ladrones
Esto es lo que nos llaman los del pueblo…”
Se puede quitar del verso a los gitanos. Yo siempre he tenido una buena relación con ellos y he vivido en su barrio desde hace años. Por la razón que sea, siempre habitan el barrio de un pueblo donde hay las mejores vistas. No siempre muy accesible, de acuerdo, pero agradable. Allí estamos a gusto y cuando los chicos llaman a la puerta con verduras o fruta yo les compro. Esto es justo y correcto. Somos todos feriantes, sin engaño.

Jocelyne

 

 

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