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Nuestra perra va a cumplir ciento cincuenta añitos dentro de unos meses. Supongo que hacia las navidades, pero, como suele pasar con los animales, no se sabe con exactitud. Hemos sido camaradas, la perra y nuestra familia, desde hace más de veintiún años (siete años caninos igualan a un año humano) y, mira, todavía sabe ladrar.
Lo hace a veces en su sueño. Ladrar. La vida de un perro, según lo que veo, es una rutina de comer, mear, ladrar y dormir, y nuestra perra, desde su camita al lado de la nuestra, ahora logra hacer los últimos tres ejercicios a la vez.
Que alguien me diga: ¿hasta cuanto más puede sobrevivir?
Lo que toma la perra, veinte minutos de cada media hora, es una siesta. Nada mejor. Yo duermo mal por las noches, entre el ruido, los mosquitos, el calor y los rasguños de la perra en la puerta, pero duermo muy bien durante la siesta. Claro, no tengo mas que una al día, y a veces ni ésto. Por lo cual, sin duda, no viviré más de ciento veinte años…
La institución tan civilizada de la siesta tiene muchos simpatizantes en países calidos. Por lo visto, la celebran en partes de China, en muchos países Árabes y en la India (según una poesía famosa de la India, “solo los perros locos y los ingleses salen sin sombrero en el calor del sol”). En Latinoamérica, sólo los países cercanos al ecuador, ya que, según las chilenas que llevan el bar que está al lado de nuestra oficina, en Chile no hay siesta.
Con la noble excepción de los chilenos, yo pienso que todos los latinos celebran una siesta diaria: el yoga ibérico, como dice el poeta. Todos los latinos claro está, menos los catalanes y los vascos, después de la comida del medio día, celebran la “hora sexta”, frase Latina, que demuestra su andadura.
Grandes civilizaciones hacían un paréntesis cada día entre las dos y las cinco para descansar, comer, tomar unas cervecitas, echar una siesta, levantar los pies, hacer el amor y otras actividades parecidas, todas tónicas para el cuerpo y el cerebro.
Por las tardes, no hay ruido. Todo el mundo descansa con un corto pero profundo lapso de tiempo. No es lo mismo que por la noche, cuando el intento es más difícil, el tiempo más largo, y el sonido ambiental (gracias a los disco bares) muchísimo más alto.
La siesta es un derecho, una obligación y un refresco. Despertamos refrescados.
Nosotros, los ochocientos mil británicos que llamamos “domicilio” o “suelo patrio” a España, nos hemos adaptado con mucho entusiasmo a la cultura castellana. Tomamos vino hasta en el desayuno (muy recomendado por los médicos), no hacemos nada hoy que podamos hacer mañana (o, con un poco de suerte “nunca”), preparamos y comemos – y exigimos – tapas, para tomar con el chatico de vino, y, sobre todo, sin que tenga nada que ver con la bota, nos hemos adaptado a tomar una buena siesta cada día.
La siesta según la enciclopedia no dura más de quince o veinte minutos, lo justo, parece, para descansar el cerebro, energizar el cuerpo y quitar la borrachera. ¿Veinte minutos? La mía, como la de Camilo José Cela, es “con pijama y orinal”.
Hasta aquí, bien. El castellano sabe vivir. Estupendo. Pero, hay una mancha en el horizonte. A los anglosajones, a los que están en los negocios, a los de traje y corbata, no les gusta la siesta. Interrumpe el trabajo de hacer dinero. Por eso, las empresas que abren sucursales en España suelen abrir a horas europeas, que son desde las nueve hasta las cinco. La idea es lo de siempre: a pesar de las consideraciones naturales (calor, brillo, cansancio etc.), nosotros vamos a estar en horario ininterrumpido. A lo mejor, las sillas en aquellas oficinas están hechas de madera dura.
La Unión Europea está intentando animar a los españoles a trabajar de golpe, argumentando que así se gasta menos energía, pero lo cierto es que quedan muchas horas después de la cinco de la tarde para hacer negocios de una forma más cómoda y relajada.
Animado por las nuevas ideas comerciales, algunas empresas españoles están haciendo lo mismo, como por ejemplo los de Moviestar, que me mandan publicidades SMS sobre las tres de la tarde, mensajes que mi teléfono móvil recibe con un sonido muy parecido a un despertador, con la consecuencia inevitable de que me despierto antes de mi hora, y con ganas de cambiar ya de una puta vez a Vodafone.
Que probablemente hace lo mismo.
Una voz inglesa, llamando desde Albox, me despertó ayer también a las tres horas en punto. Quería saber la chica si me interesaba anunciar algo en su periódico de habla inglesa. ¿Me pregunta esto a mí, desde mi cama, y yo con ganas de mear?
Curiosamente, Albox, un pueblo del interior de esta provincia, está tomado por los ingleses, y todos los negocios allí cierran sus puertas a las cinco en punto. Puedo imaginar a bandas de albojenses, despojados de la calles mayores de su pueblo, recién despertados de sus siestas y vertidos a las aceras en busca de algo para comprar, algo que hacer…
Mi perra no quiere saber nada de esto.
Ella está durmiendo, soñando en su infancia, cuando las siestas duraban una hora y media.
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