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Es verano, cierto que benigno en cuanto a las calores que nos suelen asaltar por estos abajos; los caracteres, por la incidencia del sol en la caja craneana, tórnanse agresivos (más, quiero decir, que cuando asisten a las disputas, chanzas y befas personales entre “nuestros” políticos); las vacaciones, por lo general, nos exasperan más aún, particularmente a los familiares espíritus que, cargados de bultos, niños y sobredosis de carne y sudor en exiguos metros cuadrados de apartamento playero, vacan de todo, menos -¡tan necesario!- de sí mismos unos diítas; en el lugar elegido, presunta tierra de vacacional promisión, abundan los cláxones estresados, el súper hasta la bola, menudos precios… La atmósfera que propicia esa habitual intolerancia patria sigue creciendo.
No viene mal un breve receso para creer en esa actitud luminosa, la tolerancia. Que es el gran y humano y sabio acaso: pensar que el otro, la otra persona, acaso puede tener razón. Así decía un amigo mío, el otro día.
Un gran escritor francés, Antoine de Saint Exupery (autor de El Principito), escribió que la diferencia no ofende, sino que enriquece. Sabias palabras, máxime aquí, donde tan acostumbrado se está a ver ofensa en la diferencia. Nos ofende el color del inmigrante. Nos ofenden el acento y los giros idiomáticos del inmigrante. Nos ofende el credo distinto. A unos les ofende que haya distintos modelos de familia. A otros, que su escuela y su manera de entender la formación no pueda ser ya –jamás de los jamases- la predominante, como en otras épocas. Somos, en fin, intolerantes. Demasiado intolerantes.
Sin embargo, la diferencia no aporta sino riqueza: en el caso de los inmigrantes, el gozo, colorido, musicalidad y ambiente del mestizaje. Un mundo sin fronteras está adviniendo. Sin fronteras físicas ni mentales, intelectuales, ni espirituales. La inmigración continua aporta al viejo mundo nueva savia que lo está ya, a ojos vista, rejuveneciendo. La diferencia no ofende, sino que enriquece.
Los nuevos modelos de familia, tan combatidos desde la reacción más oscurantista e incluso fratricida, no sólo no atacan a los otros, sino que los complementan, de manera que la institución familiar, con su aportación, se ve más enriquecida que nunca, reinante sobre la globalidad social. Quienes ponen el grito en el cielo contra los nuevos modelos de familia, quienes claman contra sus plasmaciones concretas, no están sino agrediendo a la institución familiar: son ellos los enemigos, no las nuevas familias.
En lo que se refiere a la educación ciudadana, no hace mucho tuve la desgracia de escuchar a monseñor Antonio Cañizares, arzobispo de Toledo y Cardenal Primado de España, decir en televisión –en una de sus intervenciones más desafortunadas, que ya es poco decir, de los últimos años- que incluso los centros concertados (ahí, evidentemente, dejaba monseñor caer una velada amenaza…) que reelaboren el temario de la nueva asignatura Educación para la Ciudadanía estarán colaborando con el Mal. Evidentemente, oyendo no se perciben las mayúsculas; pero al ilustrado purpurado sólo le faltó especificar que semejante colaboración (colaboracionismo) no es sino con el mismísimo Diablo. Lagarto, lagarto.
Malos tiempos corren, en fin, para la tolerancia, las luces y ese mundo sin barreras ni fronteras deseado por todos. Y peor aún, cuando los reaccionarios oscurantistas blanden sus romas espadas en nombre de Dios, de los dioses que sean.
¿No se han parado a pensar que, como decía mi amigo el otro día, los otros, los diferentes pueden tener razón? Nosotros, sí. Gentil acaso.
Disfruten del verano.
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