Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Dos Españas… parece que estamos condenados a esto tan terrible ya percibido por el gran Antonio Machado, ese espectro de resonancias criminales que le llevó a morir fuera de su tan amada tierra.
Inevitable pensar de esta manera, a poco que esté uno vivo y medianamente informado. Y, si no, a las pruebas me remito. Basta ojear los periódicos para darse cuenta de que hay quienes continúan empestillados en mantener espantosamente vivo, doliente y palpitante el fantasma de dos pueblos que siempre fueron -tal vez debieron ser- uno.
Pasa esto con señalados obispos católico-romanos, como el simpar Cardenal Primado de España, el eminentísimo Antonio Cañizares, quien –acaso espoleado por determinada insuficiencia presidencial en la Conferencia Episcopal- se encuentra en los últimos tiempos (meses, semanas) absolutamente desatado, como poseído de maligno vahído (vajío). El particularísimo don Antonio se empeña en exorcizar de una España –la que él piensa aún viva, la España guerracivilista de Franco bajo palio y privilegios nacionalcatólicos- el espíritu de una refrescante España –el pueblo libre que renace de las cenizas en que le quisieron dejar postrado tras la sublevación facciosa del 36-, que él estigmatiza como maligna, anti cristiana, quizá satánica.
No ha mucho tiempo, Cañizares arremetió contra los colegios (privados y católicos, concertados, esto es: subvencionados por el Estado) que, ajustándose a derecho, se manifestaron dispuestos a impartir (como debe ser) la asignatura Educación para la Ciudadanía, a la que tanto miedo parece tener monseñor, puede que por el terror que los dogmáticos totalitarios de toda laya experimentan ante un simple ciudadano capaz de pensar y vivir sin servilismos.
El inefable y cañí Cañizares dijo en aquella ocasión que los centros de enseñanza que impartiesen la antedicha asignatura, aunque fuera modificando su contenido curricular (temario), estaban “colaborando con el mal”. O tal vez quiso decir el eminente Cañizares: con el Mal, con la bicha, el Demonio. Con lo cuál vino a querer predicar el insigne prelado que colegio que imparta Educación para la Ciudadanía, colegio adorador del Mal. ¡Tiene guasa el Primado! Ya hubiera querido Franquito para sí, cuando empezaba su “evangelizadora” labor, disponer de semejante luminaria ideológica. Pues eso. “Una de las dos Españas…”
Digo yo que si el sucesor de San Ildefonso de Toledo no quiere coles con Educación para la Ciudadanía, tampoco debería quererlas a la hora de alargar el brazo y abrir la mano de trincar la mortelada que, todavía hoy por hoy, recibe del erario público la Iglesia Católica. Pero para eso, monseñor sonríe, a pesar de morder, como perro desagradecido, la mano que le da de comer.
Lo que es cierto es que la España muerta que añoran algunos monseñores no tiene absolutamente nada que ver con la España de las luces y las libertades, que deseamos la inmensa mayoría de los españoles. Una pregunta es: ¿cuál es la España que iría con los valores del Evangelio?
¿Nos quiere Jesús el Nazareno buenos ciudadanos, soberanamente libres e independientes; o, por el contrario, sumisos y discentes de lo que nos quieran endilgar cuatro despabilados con sotana? La Luz soberana del Evangelio es discernimiento, libertad, respeto y tolerancia. El Evangelio es Ciudadanía.
“Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”; la otra, es cálida y amorosa.