
|
Estamos empezando a asistir a unos tiempos muy idóneos para este tipo de personajes, que empiezan a palpar ya, con auténtico deleite, situaciones complicadas en las economías domésticas, debidas a la subida de intereses, al paro, a la escalada vertiginosa de precios en los artículos de primera necesidad, en fin, circunstancias que obligan a tomar decisiones drásticas para resolver... desequilibrios presupuestarios. Se las conoce por crisis, aunque el gobierno- acostumbrado a los eufemismos- las tilda de desaceleración y demás gilipolleces, dependiendo del momento. Como digo, ellos estarán al acecho, dispuestos a saltar sobre la presa que se vea desafortunadamente empujada a desembarazarse de una propiedad. Los veía venir al calor de los presagios desalentadores sobre la economía, sobre todo, en el ámbito inmobiliario. Hoy, desafortunadamente, son una realidad, en la esperanza de que se van a beneficiar de auténticos chollos. He sido testigo de ello. No me refiero a los que, con todo su derecho, dado el momento, esperan escuchar ofertas tentadoras en ciertos ámbitos de la economía y, todo, por culpa de la política financiera, según dicen, de ese vagón llamado EEUU, al que estamos enganchados indefectiblemente y nos arrastra sin freno hacia el averno sin tener opción de apearnos. Es cuando la ley de la oferta y de la demanda muestra más viveza. Es cuando la bolsa se vuelve loca con sus terroríficos dientes de sierra y los inversores o compradores inmobiliarios se interesan por las ocasiones más atrayentes debido al espectacular desplome respectivo. Son ciclos que se dan y aprovecharse de ellos, siempre y cuando que esos mecanismos de acceso discurran por caminos éticos, no son criticables. Yo no me refiero, por supuesto, a estos personajes, sino a esas aves de rapiña, que esperan con impaciencia situaciones desagradables, tristes, para entrar a saco en las economías agonizantes. Hablo, sobre todo, de los que, a través de diferentes conductos..., se enteran de que una familia determinada, se ve en la necesidad ineludible de tener que malvender una propiedad y se benefician de esa circunstancia, pero de forma sangrante, cruel. Aludo a esos tipos como aquél que me ofreció, en cierta ocasión, ya en la sala de subasta, una fuerte cantidad para que no acudiera a la puja de la vivienda de un amigo, que pasaba por una difícil situación. No obstante explicarle que el motivo de mi presencia no era mercantil, sino humanitaria, el interfecto continuó con la puja hasta que desistió- por no interesarle económicamente- y pude, al fin, adjudicármela para que mi amigo continuase en ella. Sí, a ésos me refiero y a esos otros que, tras un regateo despiadado ante una oferta baja ya de por sí, llegan al acuerdo verbal de un último precio- de auténtico saldo- y, a la hora de elevarlo a público, poco antes de acceder al despacho notarial, osan descarada y brutalmente a dar otro bajonazo... ¡¡Qué cabrones!!
|