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Plaça Universitat. Tres chicas, sus brazos saltando con gesticulaciones descontroladas. Una de ellas hacía gemidos raros y mostraba bajo mis narices una cartera con papeles y clips. En la primera hoja, al lado del símbolo internacional de los discapacitados, se leía:
Certificado de Asociación Regional
para Sordomudos, Discapacitados
y Niños Pobres
Queremos conseguir un Centro.
Socorro. Gracias. Por Fabor.
Abajo, donde rellenar tu nombre, dirección y cuenta bancaria.
Debería de haberles dicho a estas zorras que se largaran nada más ver sus faltas ortográficas en el escrito, pero iba un poco bolinga y lleno de esa benevolencia que habita en el fondo de una botella de Jack Daniels. Si hubiera estado un poco más en forma, su chanchullo me hubiera parecido mucho mas evidente.
Cada una llevaba un sujetapapeles con el mismo tocho de papeles limosneros; cada una tenía su pelo moreno largo recogido en una coleta. La chata que me pasó su cartera llevaba pantalón grueso de camuflaje y una camiseta malva con rayas rojas. Sus compinches llevaban tejanos y camisetas azules y rojas. Sus ropas les venían grandes, como si hubieran dormido vestidas.
Como un gilipollas, metí la mano en mi bolsillo en busca de chatarra. Nada. El problema era que había gastado todo en copas y una bailarina en un club de go-gos. “Lo siento, señorita”, le contesté, “no dinero”, denegándole también con un movimiento negativo de mi cabeza. Su labio inferior temblaba y frunció sus cejas. Creo que le oí decir “cabrón” en voz muy baja, pero no estoy seguro. Se fue hacía un turista obvio, seguida por su séquito.
Lo olvidé hasta el día siguiente cuando vi a otras tres gatitas haciendo lo mismo en la Plaça Catalunya, cerca de la parada del autobús de turismo de dos plantas. Iban con el mismo estilo sartorial, ropa holgada, pelo recogido y carpeta en mano. Estaba sobrio como una monja y sin un duro, pero hacía tanto calor aquél día que tuve que salir del cuarto apretado de mi pensión para dar una vuelta. Me había quitado mi sombrero y tenía mi gabardina doblada sobre mi brazo. Estaba tomando la sombra, apoyado contra una barandilla que daba al centro de la plaza. Aburrido, observé a las nenas en su empeño.
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Mientras que quemé un Reig, vi a las sorditas ir de turista en turista como pinbols hasta que pararon a uno. Mientras una cogía el boli para anotar sus señas y nº de cuenta, otra alargaba la mano para recoger la pasta. Vi billetes azules, rosas y monedas. En los quince minutos que estuve allí, las chicas habían ganado al menos cincuenta pavos. Esto asciende a doscientos euros la hora. No está mal para un día de trabajo.
Se fue el autobús, y con él, muchos de los turistas.
Y pasó algo maravilloso.
Estas discapacitadas, sordas desde el día que nacieron, se sentaron en un banco de piedra al lado de una fuente. Dos de ellas empezaron a chismear, riéndose y platicando. La tercera sacó su iPod y unos cascos. Vaya empresa de sordos. Carasduras.
Seguí a las tres charlatanas mientras volvían a su trabajo, engañando a los turistas que se encontraban en la plaza. Sobre las tres de la tarde, se dirigieron hacia el metro del Passeig de Gràcia.
Las seguía por el túnel y subí al tren detrás de ellas, en el medio del vagón. Estuvieron riéndose entre ellas durante todo el trayecto. Ninguno de los demás pasajeros hubiera adivinado que estas gatitas llevaban las garras más agudas de todas las chicas de la ciudad. ¡Un apetito voraz para arrancar la pasta de los turistas inocentes!
Fueron hasta el término en Pep Ventura y las seguía en la superficie. Cuando llegaron a la calle, pararon en la salida. Yo pasé y me instalé en un bar cercano donde podía observarlas. Ocho minutos después, un viejo Ford verde con la chapa dañada paró a su lado. Subieron y el carro salió a toda pastilla por la Avenida Marquès.
Esa noche resolví seguir a las pedigüeñas a donde fuera. Hasta el momento, las había visto en Plaça Catalunya y Plaça Universitat, dos sitios populares con turistas. Decidí visitar en los próximos días los demás puntos claves en el itinerario de los visitantes.
Fui a Parc Guell y a la Sagrada Familia; di una vuelta por el Paseo de Gracia. Caminé por el Gotic, y merendaba por las Ramblas (entre turistas bebiendo barbaridades de cerveza. Y yo sin un duro). Visité La Catedral y El Palau de Musica. Hay muchos sitios claves para el turismo, pero ya había visto los suficientes.
Mi corazón estaba bombeando como el motor de un Vespino.
Este pufo era mucho más grande de lo que pensé. Las estafadoras se habían multiplicado como un virus y estaban por toda la ciudad. Me impresionó mucho su forma de organizarse. ¡Y los turistas! Más tontos que los indios que pretendían vender la isla de Manhattan a los blancos por un paquete de cañutillos. Estas timadoras estaban ganando pasta como los accionistas de Endesa.
Había varios grupos de mujeres. Todas vestidas con el mismo tipo y gusto de ropa y todas con sus carteras. Las seguí hasta el final de la misma línea de metro cada tarde. Coches distintos y chicas diferentes. Siempre bajaban todas en Pep Ventura al final de sus “jornadas”.
No le oigo
Llamé a Falcó, mi contacto en la pasma. Él es un sargento en los mossos que ha visto de todo y respeta mis esfuerzos implacables en la lucha contra el crimen hacia los turistas. Me informó que “las carpeteras” como se conocen en la jerga policial, son un problema creciente. Ya que son menores de edad, y las cantidades timadas suelen ser menores de trescientos euros, no pueden ser invitadas a pasar un rato en el calabozo. Falcó me aseguró que ellos tenían que devolver estas crías a sus familiares nada mas detenerlas. El día siguiente, suelen estar de nuevo en la calle.
Son los mismos familiares, claro está, los que están detrás del pufo. Ya que no se encuentran ni de cerca de las chicas cuando están trabajando, estos bichos pueden reclamar su inocencia.
Así las cosas. Los turistas dan su pasta a unos sinvergüenzas mayores de edad sin saber lo que hacen. Me puse más nervioso que un reloj de diez euros comprado en un topmanta, y estaba listo para explotar.
Finalmente, llegó mi oportunidad. En ese momento las pillé en la Plaça Catalunya cerca del Portal de l’Angel. Eran sobre la once de la mañana y con muchos turistas alrededor. Yo iba con una camisa hawaiana y un sombrero de paja.
Tres chatas con carteras saltaron sobre mí. Empezaron con sus gemidos y gestos y me pasaron el famoso sujetapapeles para leer. Lo cogí y parpadee´.
– ¡No puedo leer! ¡No understand! ¡Analfabeto!
Otra me mostró una taza sucia llena de monedas y billetes. Apuntaba el logotipo de una silla de ruedas en la hoja de la copia del papel que estaba en el sujetapapeles. Rasqué mi barbilla como si todavía no entendiera su rollo. Luego empecé a hojear las papeletas. Firma tras firma de turistas tontos.
– ¡Sinvergüenzas!, rugí, cogiendo el portapapeles y rompiéndolo sobre mi rodilla. Se estrelló en piezas de plástico y hojas de papel volaron con el viento. Las chicas empezaron a gritar alzando sus puños. Una turista joven con rastas cogió uno de los papeles del suelo y se quedó mirando a las chicas. Luego se volvió hacía mí con una expresión indignada.
– ¡Cerdo racista de mierda! ¿Como te atreves a tratar a estas niñas así? ¡Eres un monstruo!
Un grupo de turistas se formó a nuestros alrededor. Me miraban con consternación.
Y ocurrió algo increíble.
¡Empezaron a consolar a las nenas y a darles dinero! Luego se retiraron pero no antes de que una vieja turista me insultó al oído. Una de las zorras me sacó la lengua y abandonaron el lugar. Propiné una patada a un trozo del portapapeles roto en el suelo y paseé por la Fontanella en busca de un bar. ¡Qué jodido! Este puto pueblo es una máquina de estafar. Y tiene los mejores clientes del todo. Turistas despistados.