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Vaya sustazo, el estreno del carné por puntos. Minutos después de su anunciadísima entrada en vigor hube de conducir para acercar a un familiar al hospital, y les aseguro que no las tenía todas conmigo: revisé mil veces mi documentación, registré los papeles del coche, iba mirando a diestra y siniestra por si… las moscas. Total, un trago. Aunque se puede perdonar aquella desazón primera, por la otra sensación que, sin dudarlo, nos sobrevendrá en no lejano plazo: la tranquilidad de saber que, cuidando unos y otras de nuestra conducción, entre todos lograremos ese milagro relativo que llaman seguridad vial, a saber, menos tumbas, familias felices, respeto a la vida de todos.
Además de lo anterior, mi reflexión se acerca también al poso filosófico (más espontáneo que académico) que va dejando en nosotros el saber que casi nada de lo que creíamos tener nos pertenece, al menos para siempre. Si tuviéramos que apellidar este fenómeno, por qué no llamarlo síndrome del prepago.
Efectivamente, el permiso de conducir, el amado carné, era nuestro tesoro, él vino a nosotros –como al pobre Gollum el maldito anillo único- no sin esfuerzo, puñeteros exámenes, desalmados examinadores, miles de tilas y algo menos de copas de brandy para contrarrestar. Así pasa la gloria del mundo.
Ahora, merced a las alertas del gobierno de la nación (¿perdón?) resulta que no éramos los dueños del papel fucsia, sino sus usufructuarios, y esto temporalmente. Ahora, por obra y desgracia de nuestros desatinos e imprudencias temerarias, incluso por simple despiste, podemos perder el cartoncito que nos da patente de circulación, no de agresión, atentado, suicidio u homicidio.
Bienvenido el carné prepago, como antes dimos la bienvenida al móvil prepago, aquél que nos liberó de listines, directorios y acosos. El permiso de conducir por puntos también será liberador y nos hará más legales (en sentido lato), más pendientes del volante y, por lo tanto, de nuestra propia vida y la ajena. El síndrome del prepago nos ayudará a ser más dichosos y mejores personas, mejores conductores.
Lógicamente, maldita la gracia que nos hace que nos pillen en un renuncio, y cuánto más si nos van restando posibilidades de mantener nuestro salvoconducto para guiar el coche, ese fetiche.
Aunque, bien pensado, tampoco pasa nada tirando de transporte público (llegado el caso…), o de otros medios alternativos, limpios y más seguros, como la bicicleta. Se lo dice alguien que la ha descubierto hace nada, más barata que el coche y causa infinitamente de menos accidentes, sufrimientos y muerte.
En el fondo, el síndrome del prepago nos enseña algo profundamente liberador: estamos aquí de paso, gozosamente de paso; nada nos pertenece totalmente (esto es casi budista), y hemos de respetar la vida. No floja enseñanza, cuando vivimos en el entorno de la exagerada posesión, el ansia por la permanencia, el vivir anclados en lo inmediato.
Abogar por el sistema de puntos para el carné de conducir, lógicamente, no supone defender a un gobierno que ha confeccionado una ley con serias lagunas –como el estatus de los permisos de conducir expedidos en el extranjero- y que, por descontado, dista de ser perfecta. No obstante, por algo se empieza. Ya veremos de qué manera aumenta nuestra seguridad vial, de qué modo disminuye la mortandad en carretera.
Acuérdense, si no, de la ya asimilada ley antitabaco: tras el inicial revuelo, ahora –a poco más de seis meses vista- se recogen los frutos. Es ahora cuando puede uno entrar con su novio, o novia, en un café, y al salir no tener que huir precipitadamente a meter la camiseta en la lavadora. Ahora puede uno elegir; antes, simplemente había que fastidiarse, todo fuera por el falso concepto de libertad para los fumadores. ¡Viva la libertad! Pobre libertad.
Tarjeta, pues, prepago en el teléfono móvil, carné por puntos, ¿tiene saldo la vida? Ustedes disfruten del ocio y del negocio estival. |