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Barcelona, el 17 de junio, año presente. Un día único, un ambiente extraordinario. Todos los presentes no eran sólo admiradores de José Tomás sino seguidores, expertos, personalidades, enterados, aficionados, especialistas o ganaderos. Entre ellos, estuve yo.
La verdad es que Finito de Córdoba no tuvo un buen día, y, en el escenario más emblemático de su profesión, falló. Dos entradas a matar pobres. El segundo torero, Cayetano Rivera Ordóñez (el hijo de Paquirri), subió muchos puntos en el escalafón, con dos magníficas exhibiciones. Se llevó cuatro orejas. El joven Cayetano estuvo sublime y muy impresionante con la espada. Pero, el día perteneció a José Tomás.
Lo que le distingue de los demás, es que José Tomás ha devuelto al absurdo, el coraje y la osadía humana del arte de torear.
El gran Belmonte allí por los años veinte, inició la era moderna con su forma de dar los pases a los toros. Fue siempre elegante y lo bastante temerario para ponerse delante del toro y poner la muleta, a muy poca distancia de él, para que el toro se sintiera obligado, en su embestida a esquivar al hombre para llegar a su “enemigo”, la muleta roja. Esto es, dicho en breve, lo que hace a José Tomás tan especial. Algunos le llaman “Aire Tomás” porque no es raro que el sea revolcado o corneado durante sus corridas. Es porque insiste y obliga al toro a hacer las cosas como mandan los cánones. Dominio completo, o peligro constante, son las dos opciones.
Los que saben, saben que los toros no pueden embestir de esta manera, y por eso, les gusta tanto José Tomás. Los que no tienen otras aficiones que las mujeres o un club de fútbol, por ejemplo, suelen entrar en la categoría de “incondicionales de José Tomás”, porque el diestro se arriesga lo que pocos saben y pueden hacer.
Los muchos aficionados de El Cordobés (hijo) cuando arroja su muleta y se arrodilla justo delante del morro del animal… no saben que se ha posicionado en el punto ciego del toro. La verdad es que podría ponerse en cueros con una rosa entre sus dientes y el toro no se daría ni cuenta.
Esto para mí no es el arte de la lidia.
Tampoco vale la pena, como lo hacen cientos de matadores populares, poner la muleta siempre delante del toro para que la bestia la siga, el matador a salvo por un lado, fuera de peligro, y el toro cargando y el torero dando un paso hacia el animal para hacer pensar que está en la zona de peligro. José Tomás obliga al toro a cruzar e invadir el terreno del torero. Puede que no sea más que una manera de suicidarse uno (un tema para otro día) porque es normal que ponga el corazón de los espectadores en un puño en cada actuación suya en que las afiladas astas de las bestias rozan a milímetros su vestido o se enganchan entres us piernas para darle una voltereta entre los suspiros de los tendidos.
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De todas las fotos que saqué aquél día, ésta destaca como el mejor ejemplo de cómo torea José Tomás. Mira sus pies y su mano izquierda. ¿A dónde puede llevar el toro si no cruzando por su propio sitio? Casi… por encima de él…
El Cordobés (padre) conocía estos movimientos también, pero, en la mayoría de sus actuaciones, buscaba complacer al público en general antes que a los aficionados. Toma cuenta de la posición de su cuerpo ante el toro (fácilmente alcanzable) y donde se encuentran sus pies. José Tomás llega a los corazones de los aficionados de verdad, porque ellos conocen los ángulos de una carga, la muleta y por donde puede ir el toro. Cada vez es un pase brillante o un viaje a las nubes…
Ya que les he contado todo ésto, explicaré una cosa más. Esto es mi concepción de lo que se trata en la lidia, y estas técnicas son entendidas por pocos. Muchos matadores buscan agradar al público sin meterse demasiado delante del peligro (casos en los que yo me voy al bar de la plaza a tomar una cerveza apoyándome en una barra mientras terina la farsa). Todo esto que hacen los “pega pases” (poner la muleta delante del toro mientras que el diestro se pone a un lado, arrodillarse después de que ha pasado el toro, inclinarse hacia el toro para mancharse el traje de luces y la muerte final, con una estocada defectuosa), son los trucos de los domingueros. Yo quiero ver el peligro, el miedo, y una buena estocada.
¿Qué dice el maestro al respecto? “No quiero establecer ningún record, Esta carrera trata de sentimientos, y esto no se encuentra en el Libro Guinness.”
Yo estoy de acuerdo: la Fiesta Brava debería de tratarse de sentimientos. Todo el mundo propone lo mismo, pero yo insisto.