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El Ensanche : Colaboración

Actualizado: Jueves 16 Marzo 2006 - 00:01:29



Zapatero
Manuel de la Llave
Lunes 14 Marzo 2005, 09:59 CET


Históricamente no han faltado gentes que, sin estar tituladas en un oficio, profesión ó quehacer, han acertado a desarrollar con éxito su labor. Pero, por lo común, malos resultados esperan a quienes para sanar a los enfermos acuden a los curanderos antes que a los médicos, a quienes para resolver sus conflictos confían sus pleitos a los escribanos más que a los abogados, a quienes entregan sus ahorros a los apostadores y no a los inversores e incluso a quienes encargan el cambio de la cocina y el rechapado del cuarto de baño al chapuzas de turno, en vez de a un constructor ó instalador establecido. Del mismo modo, difícilmente llegará a su destino la carta que depositemos en el contenedor de la basura y no en el buzón, ni se tramitarán con éxito las denuncias que formulemos en los conventos (salvo milagros), ni llenaremos el depósito del coche en la frutería.

El pueblo, que es sabio, ha condensado en refranes de sobra conocidos las fórmulas de reparto de funciones y competencias. Por ejemplo: “no hay que pedir peras al olmo” ó “el que quiera coger peces que entre en la mar”. Los profesionales del Derecho sabemos que un pleito iniciado ante un Juzgado que no corresponde corre el riesgo de que plantee y estime una cuestión de competencia. Si tal declaración se produce es claro que el incompetente no es el Juez, quien es muy capaz de resolver con acierto y así lo evidencia al estimar la cuestión, sino el profesional que no ha calibrado bien a dónde acudir. El reparto de competencias, atribuciones y funciones y el respeto a la esfera de ejercicio de las mismas para quien las tiene atribuidas es regla esencial del buen funcionamiento de las instituciones. Estas verdades elementales no parecen ser, sin embargo, conocidas por buena parte de los ejercientes como gobernantes – generales, autonómicos, locales ó del patio de mi casa aunque sea particular-, que suelen mostrarse hábiles en prender el rábano por las hojas, confundir la gimnasia con la magnesia ó el culo con las témporas.

Los ejemplos son tan abundantes que dejo a la memoria de cada lector su reseña. Por mi parte se me vienen a la mente varias discusiones de competencias:
Si el reparto del agua corresponde al gobierno central ó a los autonómicos ó a las autoridades de cuenca, adobado en cualquier caso con informes y contrainformes a medida de todos los gustos.
Si el idioma se llama así ó asá y proviene de los invasores, de los conquistadores ó de los colonizadores, dictamen más ó menos.
Si la seguridad debe ser cubierta por la policía nacional, ó la local, ó la guardia civil, ó los vigilantes privados ó el lucero del alba – que  esas horas son más propicias por lo de la nocturnidad -.
Si las víctimas han de ser atendidas por un Comisionado ó por varios y quién tiene que designarlos.
Si existe ó no burbuja inmobiliaria, y consiguiente riesgo de futuro por subida de tipos de interés, y si las viviendas deben ser libres ó protegidas y promovidas por los municipios ó por las empresas.

Lo bien cierto es que, entre dimes y diretes, los agricultores no tienen más agua que la que cae del cielo. Y es bien sabido que “nunca llueve a gusto de todos” y que en estos temas celestiales “a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”. El pueblo llano sigue hablando lo que le enseñaron sus padres, y a veces sale del follón de la denominación llamándola simplemente “materna”. La delincuencia aumenta de forma progresiva, las leyes se endurecen tan sólo para los supuestos que dan buena imagen y empieza a imperar el “sálvese quien pueda” mientras se discute si “galgos ó podencos”. Las víctimas son atendidas preferentemente por los terroristas, que esos sí que ponen verdadero empeño en que aumente su número, como si las víctimas fueran estudiantes a los que aplicar lo de “la letra con sangre entra”.

Y los jóvenes siguen sin poder acceder a una vivienda digna, resultando pueril lo de si libre ó protegida; sea como sea la vivienda, el adquirente siempre pasa a ser esclavo de la entidad crediticia hipotecante. En estos y otros muchos temas recibimos bastantes más opiniones que soluciones, promesas que realidades, palabras que hechos. Porque demasiados quieren ser protagonistas, niño en el bautizo, novia en la boda y muerto en el entierro. Frente al afán de protagonismo de tantos incompetentes, quizás habría que decirles: “zapatero, a tus zapatos”.

P.S.: A todos aquellos lectores que, seducidos por el título de estas líneas, creyeron que iba a escribir de otro talante, ya han visto que no tengo bastante talento.


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